Horas más tarde
Impresionado como estaba por la triste visión de mi ciudad y el ánimo hundido por la ausencia de mi dama, la muy hermosa doña Sirah Garcés, me detuve unos instantes en un breve bosque sin agua al que curiosamente llaman Río. Allí, acodado en una fuente, improvisé esta modesta estrofa para aliviar no poco mi agonía:
Jamás la accidentada claridad
del sol en el crepúsculo mordida
trenzó tan brevemente tanta muerte
en piedra no pisada por la vida;
jamás la descarada oscuridad
se deslizó con tan torcida suerte
sobre el dibujo inerte
de un cuerpo reducido
a menos, hoy, que el ruido
del agua de la lluvia en el tejado.
Hoy permanece y vive en un puñado
de gestos y costumbres, confundido,
que integran su pasado
en el escaparate del olvido.
Jamás la accidentada claridad
del sol en el crepúsculo mordida
trenzó tan brevemente tanta muerte
en piedra no pisada por la vida;
jamás la descarada oscuridad
se deslizó con tan torcida suerte
sobre el dibujo inerte
de un cuerpo reducido
a menos, hoy, que el ruido
del agua de la lluvia en el tejado.
Hoy permanece y vive en un puñado
de gestos y costumbres, confundido,
que integran su pasado
en el escaparate del olvido.
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